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La Coctelera

thirty-eight pearls in your kiss

No me importa mi pasado pero sí nuestro futuro.

Categoría: Parajes

18 Junio 2006

Paraje Sexto

No lo estaba escribiendo él. Todas las palabras que salían en la pantalla no eran suyas. Nunca había descrito las cosas con esa hermosura, con ese encanto. Lo suyo era más cercano al hastío, al desengaño. La tristeza siempre había sobrevolado su cabeza. Ver aquello delante de sus ojos le suponía extrañeza. Revisaba sus archivos mentales y no recordaba en ningún momento de su existencia adjetivos con esa majestuosidad. Tampoco la tenía en la vista de su ventana. La tarde calurosa le hacía ver una vez más el conjunto de edificios construidos sin ningún tipo de criterios que no fuera el especulativo y de la codicia. Palabras tan hermosas no correspondían a alguien solitario, la soledad te hace imaginar ciertas cosas, pero lo que no es vivido en el momento no puede tener esa falta de objetividad que hace el momento si es maravilloso que lo sea aún más. Desde el presente podía rememorar tiempos pretéritos, pasajes hermosos, pero el encanto vivo era irrepetible en cada segundo que pasaba. Por mucho que se esforzara no preveía que lo siguiente era un suma y sigue de todo lo anterior.

Plantearse la lejanía como un obstáculo era el mayor de los absurdos, ver que todo lo que salía en el procesador de textos era muy cercano y real. Aún así su obstinación le decía de vez en cuando que todo lo tenía guardado muy adentro. Era el producto de muchos años de impaciencia, de desencanto, pero nunca de desfallecimiento. Pensar que era el reflejo de todo su presente le dejaba atónito. Ahora no anhelaba lo incierto, la certidumbre se incrementaba cada segundo y no planteaba la existencia entre elegir los amaneceres y los anocheceres. Los quería todos, los suyos y de quien le hacía escribir así.

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6 Junio 2006

Paraje quinto.

Ese mismo viaje en tren se había repetido varias veces. Ninguno de los dos quería que llegara ese momento, aún así era como un ritual. Cigarrillo en la puerta de la estación, con una mirada cada treinta segundos al reloj, otra mirada entre ellos. Alargar lo inevitable, pero el trayecto era largo, y siempre quedaba algo más que vivir.

Eran como la madre con el niño pequeño. Se repetía la broma una y otra vez, y los dos reían. La mayoría de veces, con una sola mirada ya sabían lo que iba a suceder. Entonces daba igual. No había sorpresa, pero el uno lo estaba esperando del otro. Las carcajadas se sucedían constantemente. También la sonrisa se expresaba en su cara cuando aparecía el vendedor ambulante. Casi era de la familia.

Vivir momentos de paradoja. Esperar que el tren llegara a su hora cuando lo único que querían era estar todos los ratos posibles juntos. Ratos de silencio. Otros compartiendo los auriculares y escuchando música. La banda sonora tenía los mismos temas base y variaban en función de las últimas grabaciones en el reproductor. Canciones para reír, canciones para llorar. Evocaciones de momentos vividos más de una vez, y con el anhelo que se repitieran indefinidamente. Una cosa los dos tenía muy clara. Todo es eterno, pero como todos los viajes, siempre hay un último, el que no tiene retorno. No sabían cuando llegaría, pero estaban muy ansiosos porque llegara, y así cambiar de capitulo, por muy hermoso que este resultara.

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28 Mayo 2006

Paraje cuarto.

Hacía tiempo que no tenía la misma sensación. Naturalmente había pasado un año desde que había dormido con la puerta del balcón abierta. Humedad, brisa marina, leve dolor de espalda. Estirado en la cama, cigarrillo en mano y las caladas sin regularidad. Sus ojos cerrados, escapando de la nocturnidad ajena para adentrarse en la propia. Como siempre el esfuerzo para no quedarse dormido antes de apagar el cigarro en el cenicero era tarea ardua. Sabía perfectamente que si volvía a abrir los ojos y miraba las luces de la montaña, los cerraría definitivamente por aquella noche.

Adentrarse en todos los recuerdos. Desde los más lejanos, hasta los gratificantes de aquella misma tarde. Los sonidos de la radio le hacían pensar en los lejanos partidos de fútbol. Marcaba cuatro goles, cuando realmente no había marcado ninguno. Esbozaba una sonrisa cuando había sido un reproche. Manipulaba los recuerdos hasta que notaba el calor del cigarro cercano a sus dedos, tiraba la ceniza de nuevo y retomaba otro recuerdo. Las risas desnudas de artificio entre dos cuerpos desnudos. Las caricias y las miradas. Dos cigarros y dos caladas. Llegó el momento en el que las acciones reales y los sueños se entremezclaban. No sabía que colilla estaba apagando, la del sueño o la de la vida real. Notó durante un instante que la expresión de su cara denotaba una alegría absoluta.

El teléfono sonó en medio de la noche. Debía seguir soñando las vivencias y viviendo los sueños.

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26 Abril 2006

Paraje tercero

Paraje Tercero:

No había sido una tarde excesivamente buena. Calor insoportable, con el aire acondicionado funciona mal y los albaranes reproduciéndose como bacterias. Varias horas sin levantar el culo de la silla, y eso delante del ordenador produce mucho cansancio, sobre todo mental. Aunque no podía olvidar el cansancio ocular. Hacía años que no podía separarse de sus gafas, en su defecto lentillas. No tuvo mejor idea que llamar por teléfono para descongestionar su mente:
-Buenas tardes
-Hola. ¿Está la benemérita?
-Anda por aquí, ahora le digo que se ponga.
-Hola, ¿Qué tal?
-Aquí rodeado de papeles… la próxima vez avisa que voy a hacerte el boca a boca.
-Qué mamón que eres.
-Con tu bigotito queda más gay y estético. Así nadie nos puede decir nada.
-Jajajajajajaja.
-¿El jorobado te lo han quitado?
-Lo primero que me dijeron, y en mayúsculas.
-Ya lo supuse. Como no conozco tu dieta mediterránea, no sé si te han atacado por ahí.
-También, también. Ya sabes lo que tienes que hacer con el jorobado, dejarlo ya.
-No empieces. Ya hablas como un ex fumador, sois la peor especie.
-jajajajajajaj.
-¿Y de la dieta mediterránea?
-El embutido sobre todo. Ahora a comer más verdura y esas cosas.
-Hazte mahometano. Te veo rezando hacia La Meca a las cinco de la tarde ¿Te has comprado la chilaba?
-Aún no. Además de por vida me tengo que tomar una pastilla. Ahora son cinco, pero me han dicho que en un año se reducirá a una.
-Vaya, endrogao, lo que te faltaba.
-Calla. Hay una que me la tiene que firmar el inspector.
-Pues yo quiero que me mandes de esas. Con la alegría que te oigo, seguro que deben ser buenas.
-¿Cómo está el programa?
-Al paso que vamos para el dos mil cuarenta y seis mil. Se hace todo lo posible para que no avance nada el tema. Yo con papeles hasta las orejas, y no me dejan en paz.
-Veo que las cosas no cambian demasiado.
-Por cierto, hubo una devolución el otro día. No veas, parecía que se había acabado el mundo.
-A mi me da igual todo eso, después del ataque al corazón, esas pamplinadas me importan un rábano
[…]
De vuelta a casa pensó que no valía la pena enfadarse por nada. Ni por los albaranes, ni por el programa nuevo. Pero como dicen por ahí, la cabra siempre tira al monte. Él con más motivo, tenía como certificación a su prima hermana.

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18 Abril 2006

Paraje segundo

Sentarse era prohibitivo. Cada día la misma situación. Mucha gente, demasiada gente, o puede que no. Esperar que bajen unos. Luego suben otros. Él esperando a que todos los demás ocupen su lugar, la desesperanza, el contacto humano. Nada mejor, puede quedarse en las puertas. Le viene muy bien el escaloncito, y su culo y espalda ya están acostumbrados a esperar a que se cierren para apoyarlos. Le gusta la curiosidad con la que la gente lo mira. No es extraño, música muy alta en unos pequeños auriculares y un libro con un título de manual de autoayuda. Más lejos de la realidad, le encanta la pequeña boutade que supone enseñárselo a algún conocido y la cara de sorpresa cuando lee alguna página y descubre el verdadero contenido. También le gusta mucho pensar en lo que piensan los demás en ese momento. Frases como “es imposible leer algo con la música a ese volumen”, lo vanaglorian, le llenan el ego. Nada de Bucay, nada de Coelho. No. Él ya sabe que la verdadera felicidad no se encuentra en panfletos de misticismos pacatos, en plagios de la filosofía resumida. ¡Qué bonito leer lo buenos que somos! Pero yo quiero más espacio, y quiero sentarme. Me da igual si debería ser otro el que ocupara este mísero asiento los veinte minutos de trayecto, soy muy bueno, y voy a ser mejor, lo estoy leyendo y eso estoy aprendiendo. Placer, inmenso placer. ¿Os molesta el volumen de mi música? Seguro que está pensado ahora eso. Más me molesta veros con esos cuatro papeles llenos de notas de prensa. Más tarde los adornareis, porque completarlos es algo para lo que no estáis hechos. Viéndole no se me ocurre otra cosa. Lee cuatro frases y mira a la gente. Sí, yo también miro a la rubia que no para de menear su larga melena, y también a aquel que se hurga la nariz y vez sí y otra también. Baja la cabeza. Ahora parece que son más de cuatro frases, pero cierra el libro. Llega la siguiente parada. Se baja. ¿Es la suya? Se queda justo delante de la puerta. Los que están en el andén lo miran cuando toda la gente ha bajado esperando que vuelva a subir. Un gesto complaciente con la mano indica que suban. Él quiere estar en la puerta de nuevo. Él quiere mirar a los nuevos compañeros de trayecto. Sus incomodidades. Como buscan el mejor sitio, y como todos hacemos en vano, buscar de forma estéril un asiento vacío. Hay quien no aprende, repite cada día el mismo ritual.

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17 Abril 2006

Paraje primero

La entrada no pudo ser más contundente. Botas de tacón interminable, de un marrón oscuro que contrastaba con el azul de los vaqueros. Estos eran nuevos, yo diría recién estrenados para la ocasión, aunque estaba viendo el escaparate de la tienda de moda italiana con un letrerito que no bajaba la cantidad de los trescientos euros, el color desgastado ya hacía mucho que se inventó. Chaqueta de color marrón claro y el pelo cobrizo a juego con un bronceado entre sesiones de rayos uva y el agotamiento de las primeras tardes de sol primaveral. Mucho maquillaje pero casi invisible.

No fuimos ni uno ni dos ni tres los que miramos absortos. Casi todos. Hasta el marido de la inmensa señora que intentaba embaucar al empleado de la compañía aérea para que su hijo consiguiera la tarjeta de embarque sin el DNI. Ella ni se inmutaba. Detrás de las enormes gafas de sol, por supuesto de la misma marca que los pantalones, aunque he de reconocerle un fallo, o no lo es, quien sabe. La maleta era de la compañía en la que volábamos. ¿Azafata? Lo dudo, no tenía los gemelos típicos de estar horas y horas de pie aguantando a personajes como ella, y como yo, para que engañarnos.

Detrás de mi llegó con un histerismo casi poético una mujer de cuarenta a lo sumo. Dos niños la acompañaban y ninguno se le parecía. El pequeño callado, el mayor corriendo por la terminal de un lado a otro. La madre, eso lo acabé de deducir al segundo sonoro grito del nombre de pila del niño, nos miraba con cara de compasión para que la dejáramos pasar. Eso naturalmente no estábamos dispuestos a que sucediera. La señora inmensa en ese momento miraba a la madre con cara de reproche indicándole que guardara la compostura con la mirada, y yo a su vez con una carcajada le replicaba a ella en su actitud de querer incluirnos a todos en su reclamación absurda de la in documentación de su hijo. En ningún momento ella se giró para mirar todos los espectáculos dantescos que la rodeaban. Sabía perfectamente quien era la reina de la fiesta.

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