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La Coctelera

Categoría: Retazos

Trigésimo retazo. No hay más retazos.

El motivo más evidente debió ser el querer aparcarlo todo. Hasta escribir esto es otro síntoma de un egoísmo que me ha caracterizado siempre. Se me acepta, se me reprocha, hasta se me debate que nunca cumpliese las expectativas creadas. Nunca prometí nada, solamente ser yo, pero no recuerdo haber dicho esto. La válvula de escape pasajera, distante y atenta. Locuaz, ingenua, mucho menos brillante de lo que suponíais, mayor que la propia consideración. Impertinente hasta la saciedad. Respuestas vacuas, argumentos elaborados, armonioso en el caos. Indiferente en la diferencia, no sabría definir cual es el mejor de mis defectos y la peor de mis virtudes.

Tú intentas estructurar todos mis discursos y vuelves a caer en el mismo error. Cánsate de mi lenguaje e invéntate uno nuevo. Puedo ser no creíble, a veces inclasificable. No me pidas ser el yo que quieres de ti, yo me cansé de solicitarlo. Rellené todos los formularios, las instancias. Gasté todos tus ahorros en papel del estado, pero mi vida es una empresa privada. No se cuantos componen el consejo de administración, ni los dividendos a repartir entre los accionistas. Mis participaciones son papel mojado, hoy valen, siempre prevalecen y como siempre el valor está dictaminado por el estado de ánimo.

Junta tus esfuerzos e ilusiones, y embárcate en ellos. Te están esperando y los billetes son pocos. Todos de ida. Si piensas en la vuelta, sigue pensando que tu vida es un simple retazo detrás de otro, hasta que sean tan pequeños y te consuman su brevedad. No eres imperecedero, no lo intentes, para eso están destinados unos cuantos, y tú aún no te lo has ganado.

Retazo vigésimo noveno

Volví a aquel parking por la mañana, muy de mañana. Era sábado, sobre las siete de la mañana. Naturalmente no tenía que ir a trabajar, pero en la indumentaria no importaba demasiado, siempre visto igual. Estaba más vacío de lo normal. Nunca lo había visto un sábado. Inmenso en su soledad, gris, inerte. Me dirigí al centro, y encendí un cigarro. Llegó un guardia jurado, me miró con cara de circunstancias.

-Bonito paisaje- dijo con sorna.
-No se si es bonito o no pero es el único que tengo.
-Malas han de ser para tener este lugar como único lo que se tiene. Yo me paso muchas horas al día, y más de una noche mirando este parking, algún borracho, más de una pareja que viene a follar. Hasta alguno que otro chutándose. Vengo cada día para dejar mi alegría por una mierda de sueldo y sé que afuera tengo toda la esperanza. Y no, no me refiero a mi familia, ni a una mujer, ni a hijos. Tampoco me refiero a amigos o a la afición más fascinante del mundo. Todo eso es maravilloso ya que alimenta el espíritu y te da vida. Ocupan el tiempo, y debes tener en cuenta que los humanos somos muy ociosos. Fíjate si lo somos, que te he reconocido enseguida, y también me he dado cuenta que tú los sábados no vienes nunca. Como te decía todo eso tiene un valor supreme y a su vez relativo. No vale para nada si no toda esa esperanza no alimentas dentro de ti mismo. Venir aquí, a este lugar horrible, aunque considero la posibilidad de su hipotética belleza, pero dudo en que puedas convencerme de eso, no puede suponer nada más que tienes un gran vacío por dentro. Pasa cada mañana por aquí y piensa en que a la vuelta está lleno de coches y de vida.
-Contradice un poco lo que me has dicho antes.
-¿Por?
-Llenar lo de dentro con lo de fuera. Y antes me comentabas que debía partir de dentro.
-Sí pero no desestimes ningún estímulo ni ayuda externa.
-Tienes razón, escucharé más de una vez todo lo que me dicen.
-No. Oye todo lo que te dicen, pero no escuches ni la mitad. Ahora si me debes escucharme. Por ahí viene mi compañero y no es tan razonable como yo. Vuelve de donde vengas, y sobre todo, si me ves alguna mañana haz como si no me conocieras.

Retazo vigésimo octavo

Un rayo de luz me atravesó por completo. Paralizó todo mis músculos y me dejó petrificado. La idea de la mentira vino súbitamente. ¿Me mentía yo? ¿Me estaban mintiendo? Había pasado demasiados momentos felices, extraños pero felices. Componiendo cábalas del futuro. Imaginando situaciones de felicidad, usurpando sonrisas, vistiendo mañanas de otros, apagando las luces en la entrada de un maravilloso mundo que no me correspondía. Situarse en el contexto de otra persona, esquematizando sus vivencias, novelando sus felicidades, sus risas, las alegrías espontáneas. Sabiendo sólo de él por una foto, con cara jovial, en un lugar de vacaciones, liberado de la rutina. El objeto que más me interesaba de esa foto en cambio, mostraba toda su tristeza, su eterna tristeza. ¿Cómo pude ser tan imbécil? ¿Mi nuevo yo no había adquirido todas las enseñanzas del antiguo?

Me mostré descontento conmigo. Yo enseñé casi todas las cartas, y me había convertido en un pésimo jugador. ¿Enamorado del objeto o del juego? Recrearse no produce daño, jugar sí. En el fragor de la partida, cuando en sí misma es un clavo ardiendo, todo discurre de forma maravillosa. No suceden reproches, no observas como el rival te oculta sus bazas una y otra vez. Todo transcurre armoniosamente, dando los pasos sin tocar el suelo. Aventajando cualquier mirada exterior, cuando estás retrasándote en cada mano. Ganar una y otra vez con bazas cortas. Dobles parejas, tríos, color, y así día tras día. Aniquilando la capacidad de respuesta del oponente. Acorralando sus movimientos. No dejar una salida es siempre nefasto. Yo sin darme cuenta la estaba dejando. Apostando cada vez más fuerte con bazas más pequeñas. Mis recursos se habían agotado, pero mi obstinación salía a relucir de nuevo. ¨

Última mano, apostándolo todo, y me despluman con un póquer. Lo estaba viendo, y no lo quise ver. Fin de la partida

Retazo vigésimo séptimo

Me reí de todas las bromas que me gastabas. Jugabas conmigo hasta llevarme al borde de la crispación, desmontando todos mis argumentos con una tomadura de pelo detrás de otro. Y como siempre, la guinda final que desmontaba todas mis excusas, tus “inocentes” críticas, para llegar a la carcajada final.

Las conversaciones eran de toda índole. Podíamos hablar de este o aquel, de la influencia del tiempo en determinado día nos llevaba a enfocar las cosas de una manera u otra. Libros, música, cine… todo valía para oírnos una y otra vez, para pasarnos horas y horas con el teléfono. Nos escondíamos del mundo para crear el nuestro propio. Queríamos levantar un cerco vedado a todo y revelarnos el uno con el otro. Eliminar cualquier artificio, reproche o conjetura que viniera del exterior. Sentir lo más simple de cada uno, aquello que emana verdaderamente de si mismo, sin condiciones, sin estar infectado de las ideas ajenas. Las ventanas que abrimos y dejamos entrar la corriente que llega en cualquier momento, con aire calido y frío. Los fuertes vendavales que nos azotan y nos tambalean en los momentos de debilidad. Saber que tus reproches no eran chalecos salvavidas, si no troncos en el agua en los que no quedan muchas opciones, o los arrastras contigo a la orilla o aprendes a nadar y te desprendes de las pesadas cargas.

Apegarme a la sensualidad de tu voz, al erotismo lejano en la distancia, pero cercano e imperecedero en el tiempo. Aprender a comprender que la necesidad del otro se acaba convirtiendo en uno mismo, con todas las virtudes y sus defectos. Saber alcanzar el estatus más agradable que puede uno encontrar todas las mañanas, mirarte en el espejo y reconocerte. Sonreírte y apreciar que esa mirada puede tener valor para lo que importa.

Las noches, estampas de anhelos perseguidos. El abrazo en la lejanía, sin tristeza ni amargura, esperando el amanecer para escucharnos sin oírnos, para divisarnos sin vernos, para figurarnos en los momentos futuros, momentos de un presente inmediato, muy alejados de un presente de subjuntivo.

Retazo vigésimo sexto

Volviendo otra vez al mismo sitio repasé una y otra vez lo acontecido, los sucesos más extraños y maravillosos. Me resultaba imposible ver el lado negativo de todo, y más si cabe entre tanta sensación nueva, maravillosa. Aún retumbaban en mis oídos los golpes de tu corazón. Los susurros cercanos a mi oreja, la sonrisa desenfadada. Pero aún así debía tener los pies en el suelo. Tú habitabas un mundo el cual no era el mío. Yo quería entrar una y otra vez, pero el pasaje lo había comprado hace mucho tiempo otra persona. Insistía mi ímpetu en no resignarse. Luchar contra corriente. Mal decir el no haberte conocido antes. Pero una cosa tenía clara, si nos hubiésemos conocido antes se hubiesen conocido otras personas. Yo ya no era yo. Tú dejabas de ser tú. El mundo oscilando al lado nuestro, intemporal, aparentemente accesible, encargado de fijar los engranajes. Lugares separados. Distancias amplias. Nuestro mundo se debía reducir al mínimo.

El mensaje era claro. Tú allí y yo aquí. Traspasar todo ese encanto había supuesto un viaje sin marcha atrás. Una caída en picado. Yo lo intuí una y otra vez. Incluso hice el atisbo de pararme en la siguiente estación. Sí, cada día era recorrer una estación. Todo esto me recordaba cuando era un adolescente, e iba al pueblo de al lado a una discoteca y cogía el tren sin billete. Las carreras por el tren con el revisor detrás. Esta vez el revisor estaba cansado de tanto correr, o se había tomado un descanso. Pero siempre permanecería alerta. No era tonto ni mucho menos. O como muchas veces me había pasado. Mi terror a considerar la posibilidad de tú búsqueda de atención. No por parte mía. Esa la tenías toda. Demasiada digo ahora.

Esto lo estoy tocando mañana. Sí, me gustaría ser así. Pero no, no me voy a engañar otra vez de nuevo. Un instrumento de alquiler, demasiado manido, muy desafinado. Hasta los novatos como yo agradecen el saber que la buena música debe salir del alma, y probar los instrumentos malos, para después saborear los grandes, un Selmer o algo parecido. Pondré en la boquilla una caña del doce, tocaré In a sentimental Mood y viajaré a una bahía con las notas. Aquellas que no te pertenecen, aquellas que nunca fueron tuyas, pero sin haber entonado ninguna nota tuya ¿Quién sabe dónde estaría?

Recuerdo en el pasado lo que acontece en el futuro, y lo transmito en el presente. Suena ahora A love supreme… pero no es un tema tuyo.

Retazo vigésimo quinto

Repasa todos los detalles. Así de pronto. Mil y un roces sin importancia. Caminando por el mismo pasillo y sin decirse hola. ¿Ahora reclama mi atención? No os habéis visto, no os habéis observado. El tránsito casi siempre paralelo. Extraño, muy extraño. Te pide confidencias. Tú se las das. Te pide cuando suceden tus ausencias. Mejor no reseñarlas. Intuyes, construyes.

Ámbitos. Contraindicaciones. La lejanía es un refugio. Descaro. Todo se resume en cuatro preguntas. ¿De que huyes? ¿A quién buscas? ¿Dónde quieres ir? ¿Me esperarás? Conversaciones, explicaciones, interrogantes y olvidar las dudas. Una llamada. Sí, ya os habéis dado el teléfono. ¿Es tarde o demasiado pronto?

Te implico en mi pasado. Como intento construir mi futuro. Desciendo a los infiernos. No eres Beatriz, ni mi poesía es la de Dante. Rompemos moldes ya destrozados. Hago buen recaudo de todas mis virtudes. Las muestro sin reparo, ya he hablado suficiente de mis defectos. Leo atento todas tus inquietudes. Tus pérdidas y esperanzas. Los regalos que te ofrece la vida y que no tienes con quien compartir. Me muestras otra cara desconocida, vista por alguien en el pasado. Ahora recluida en tu mirada, la cual tengo la certeza de que me embaucará durante mucho tiempo.

Quiero continuar con ese halo de misterio. Saber que alguien me intenta comprender y que puedo ahondar en sus impulsos. Dibujo una sonrisa, y veo la tuya. Pronto nos volveremos a ver. Siempre nos hemos estado buscando.

Retazo vigésimo cuarto

Me senté esperándome de nuevo. Hacía tiempo que me quería encontrar conmigo mismo. Sentir el cinismo y la alegría que me acompañaron durante mucho tiempo. El sol de Febrero en la playa siempre lo agradecí mucho. Contemplaba el romper de las olas, aquellas que de niño me cautivaron y me dijeron vas a ser marinero de mayor, y a mi edad, pasada la treintena aún no había aprendido a nadar. Otro proyecto más sin realizar, otra hipotética vida más sin llevar a cabo. Solo en un lugar inhóspito para tales fechas me daba más calor que cualquier estancia concurrida. Llevarme por los pensamientos, por los recuerdos más agradables, por ciertas vivencias, por las bromas, por mí mejor yo. Era recaudo para pasar un buen día. Otro cigarro y otra mirada perdida en el horizonte. La sonrisa sin abandonarme. No podía ser de otra forma.

Aquel lugar había sido elegido hacía muchos años. Todo empezó hace… ya ni me acuerdo, una noche de verano. Cinco chicos púberes con el sexo en la epidermis. Desnudos en la playa mientras dos muchachas reían sin parar para disimular sus miedos. Nosotros bebíamos y entrábamos y salíamos del agua una y otra vez para disimular los nuestros. La prueba era quien sería el primero en sentarse en las toallas junto a las muchachas. Con un torpe disimulo mirábamos nuestros miembros encogidos por el nerviosismo y la temperatura del agua, y el sonrojo no se delataba entre tanto ajetreo. Mi querida insensatez volvió a jugar de nuevo y caí el primero en la trampa. Ellas me miraban y percibí el primer encanto, no noté ninguna caída en sus ojos hacia mi flácido pene, mi diminuto pene. En esos momentos lo agradecía, ahora lo maldigo entre mis propias risas. Comentarios sobre el agua fría, las cervezas bebidas y la insistencia de las dos en repetir un nombre. Nombre el cual no era el mío.

Como siempre estaba la más guapa y la amiga. También como siempre, pero pasado mucho tiempo, en una personificaba la sensatez y en la otra la belleza. Malos perdedores estamos hechos todos. Tantas caídas y vuelta a levantar. Querían cierta complicidad conmigo para ganarse al otro. Sobrábamos cuatro, o nos quedaríamos alguno con la peor parte del botín. Mejor que ninguna, o mejor que todas. La más agraciada apenas me hablaba. Conocía perfectamente cual era su cometido, del cual no formaba parte yo, pero mi insistencia, sí, esa que nunca había dado fruto me decía que no, que no cejara en el empeño. Pero las cartas estaban echadas. Ni la bella, ni la amiga. Yo era otra “amiga”. Sólo un simple complemento. Un aderezo en el plato. Aún cuando pienso en ello, no creo que ni tuviera el valor de unos gramos de pimienta. Así y todo, como siempre, las situaciones cambian en un abrir y cerrar de ojos. La presa se sentó también. Conocía bien el reclamo. Yo no tuve más remedio que mirar a los ojos de la amiga, y no me engañaron. Tendríamos que pasear un rato, y ella decidiría si estaba invitado a la fiesta. Nos levantamos pero llegó otro y la muchacha se alejó de mí. La imagen era perfecta. Unos seguían jugando. Otros besándose. Y yo, como si no. Siempre hemos estado juntos, y empezamos a soportarnos, hasta gustarnos. Será cosas de la edad. Nunca mejor dicho.

Retazo Vigésimo Tercero

Y entré dentro del retazo. Observé una serie de imágenes. A veces lúcidas, otras desencantadas, y varias esperanzadoras. Me dije a mi mismo ¿Eres tú o quien deseas ser tú? Caminaba entre frases y paradojas. Los estímulos se apagaban y encendían, desdicha borrada. Muchas comas, ninguna admiración.
¡Qué alegría más alta: Vivir en los pronombres! Y yo buscándolos y no los encontraba. Otra visión de otro la cual debería ser la mía. Desencuentro, huida y escapada. Encuentro, anhelo y esperanza. Fotogramas incompletos de vivencias pasadas, imaginaciones deseadas. Reconstruyendo estímulos. Perspectivas enigmáticas. Ofrecimiento y rechazo. Las cualidades de uno distorsionadas. Plano fijo, a la velocidad del reflejo pasan todas las desidias. Plano americano, veo tus inquietudes pero no se que las mueven. Plano secuencia, sigue ausente en toda esta historia. La desfragmentación del tiempo y el espacio, de los recuerdos y las invenciones. Aún sigue lejos de ver a todo un final, pero desdibujo en la mente un claro principio. Diáfano e inconcreto.

Tres párrafos y muchas novedades, ninguna. Tú o yo. ¿Nos conocemos? ¿Lo deseamos? Nos hemos visto demasiado tiempo y prácticamente acabamos de empezar. Todas las mañanas con la cara dormida. Al salir de la ducha para borrarnos la barba. Tú expresión con pasta de dientes en la boca me gusta. ¡Me empiezas a gustar! No brindemos aún todavía. Eres un animal obcecado y lo muestras abiertamente en tus escritos. Hablas de ti y de mí. Los dos, uno mismo, y tan diferentes, tan iguales.

Retazos, reflejos. Queda mucho por decir, y nada más que contar. Pero conociéndote no será el último. ¿Cuál fue el primero? Lo leí y no me acuerdo.