Mi relación con los niños ha tenido un antes y un después de ser tio. Son totalmente diferentes los cinco. Tienen edades diferentes, pensamientos diferentes, inquietudes diferentes. A los tres más mayores les agradeceré eternamente el que me hayan preparado a querer a los dos más pequeños. Me han dado una paciencia con ellos, y sobre todo mucha complicidad. Ahora cuando veo un niño de algun amigo/a me paro siempre que puedo a jugar con ellos. Recuerdo no hace mucho en una plaza de este "maravilloso pueblo" Manolo y Nuria estaban con la pequeña Alba. Una preciosidad de menos de un año. Había más gente, la cual su conversación me resulta igual que escuchar dos discos de Alejandro Sanz. La opción más interesante y más cercana fue jugar con la pequeña Alba. Al principio me miraba con cara curiosa, pero nos embaucamos mutuamente en pocos minutos. Yo utilicé el amplio repertorio de carantoñas, ruidos y onomatopeyas habituales, el entrenamiento con mis sobrinos me ha venido muy bien. Estaba absorto del mundo. Al rato oí como decían: Manolo, tu hija se lo está pasando bomba, cualquiera diría que a este se le dan bien los crios. Yo contesté: El que se lo está pasando bomba soy yo, y te recuerdo que tengo cinco sobrinos, y por lo tanto los niños no me son ajenos. La cara de la pánfila era todo un poema.

No hace mucho conocí a M. Una rubia maravillosa de casi dos años. Iba acompañada de su hermana A y sus padres. Su hermana más timida no se atrevía a jugar, pero a M, la llamabas y le abrías los brazos y corría hacia ti con una cara de pillina que a cualquiera se le caía la baba. Pasé mucho rato teniéndola en brazos, jugando con ella, haciéndole cosquillas, y lo que más me gustaba era cuando le decía que me diera un beso, y me ponía la mejilla. Una maravilla. Me alegró mucho ese día. Estaba en medio de mucha gente y como siempre me olvidaba de los demás. Podría haber estado mil horas jugando con ella, y aunque ese día sólo había dormido dos horas, las fuerzas salían de cualquier parte para jugar con esa ricura. Me gustó mucho la foto que me sacó el padre con ella, gracias gañán.

El día que más me ha dejado estupefacto, roto, y sin poder utilizar ninguna arma con un niño fue un sábado por la mañana de no hace mucho tiempo. El viernes por la noche, mi hermana y mi cuñado me pasaron a buscar para pasar el fin de semana en su casa. Mi sobrina pequeña ya estaba dormida. El sábado, aproximadamente a las ocho de la mañana me desperté con su voz. Ella estaba en la puerta de la habitación de sus padres, no recuerdo que explicándoles. Yo me levanté y cuando oyó mis pasos se giró. Puso una cara de sorpresa y alegría, a la cual yo no estaba preparado. Me dejó deshecho. No sabía si reir o llorar. Vino a mi corriendo, me abrazó y me dió un beso. Anem a jugar (vamos a jugar) me dijo. No me dió tiempo a asimilar tantas emociones concentradas en una sola mirada. Recién levantado me dejó destrozado.

Todo esto y más vivencias con los enanos me hace reflexionar mucho. Cuando me preguntan que a que edad volvería sin dudarlo, siempre digo que a ocho, aunque cada vez pienso que mejor a cuatro o a dos. La capacidad de sorpresa, la ambición de conocimiento. La impunidad que tienen los niños, yo la envidio. Todo es espontáneo. Hasta la crueldad que muestran a veces. Su egoismo, pero esas ganas de ser ellos mismos, sin pensar en que está bien y está mal ¿Y qué está bien y qué está mal? Sé que al decir esto, renunciaria al conocimiento de cosas maravillosas que he vivido a lo largo de los años, pero esa vitalidad que tienen los niños, que tenemos cuando somos niños, creo que la apagamos o transformamos en el paso del tiempo. Suena a nostalgia, pero no se puede tener nostalgia de aquello que apenas uno recuerda. A mi me parece que es volver a un tiempo, el que por desgracia la memoria nos roba. Sólo deja retazos, y de ahí que vendería mi alma al diablo para volver a aquella época, la cual no recuerdo, pero cuando juego con un niño añoro.