Cada día cogiendo el tren, si lo lee un sudamericano pensara que soy un pervertido sexual, me encuentro cada vez más la misma situación. Persona que sube al susodicho tren con el móvil en mano. Hablando a un volumen insoportable, naturalmente para el resto de los mortales que estamos en el mismo habitáculo. Sería cuestión de preguntar a quién hay en el otro lado de la línea, ya lo sé, los móviles son inalámbricos. Conversaciones tipo:

-Sí ya lo sé, no ha pasado aún el pedido...

o

-Llegaré dentro de cinco minutos, espérame....

o

-Yo te quiero mucho (estás aún me gustan pero después del te quiero número ocho mil seiscientos el azucar a mi me amarga).

Uno que tiene la "extraña" manía de llevar un libro en los dieciocho minutos de trayecto, intenta concentrarse. En medio de frases cómo: "Las calles estaban ya animadas. Me precipité en su tumulto. Todavía el terror me sujetaba", es difícil intercalar cualquiera de las que he escrito arriba.

El volumen va en aumento, y la sensación de que nunca se acaba es cada vez más perentoria. Otro rasgo característico es su intención empática con los demás. Te miran con una sonrisa, como diciendo que no tienen la culpa, yo busco a Jose Luis Moreno o a Mari Carmen para saber si son ellos los que hablan y delante tengo a un simple muñeco, y encontrar tu aprobación. También los hay que miran con desdén, perdonandote la vida, naturalmente calzan un móvil de última generación, y eso es pasaporte para todo.

En fin, cómo he puesto en mi anterior post, voy a comprarme un reproductor de mp3, que me deje sordo, pero al menos con sonidos que me gusten.