Retazo segundo
Maldito o maravilloso trayecto. Se puede definir de estas dos formas. Bajo del tren, a veces sin tener que hacer ningún esfuerzo, otras empujando, molestando, importunando. La gente te mira de diferentes formas. Unos con la displicencia que les da su propiedad privada. Sí, el pequeño trozo ocupado en el tren se ha convertido en su propiedad, inamovible, imperecedera hasta el final del trayecto. Otros intentan hacer contorsionismo. El problema reside en cuantos pisas a alguien, a veces tienes que aguantar la risa malévola, ya que no se merecen otra cosa. En cambio, son muchas las veces en la que has manchado el zapato de alguien inocente, y durante dos minutos te embarga un gran sentimiento de culpa. Esto último no sé si pertenece a mi versión original o es u mero implante de esta versión nueva, renovada, o estropeada. El tiempo dirá.
El andén vacío como siempre, no sé que utilidad tiene esa estación, parece que la hayan puesto para mí. Todas las mañanas siendo el único que baja, no puedo tener ni una sonrisa cómplice o una mirada de desprecio. Al menos en otras puedes observar como va vestida la chica rubia que ha seguido el mismo trayecto que tú durante miles de días. Si lleva falda para disimular su ancho culo, o si lleva faldas para relucir sus esplendorosas piernas. Nada de eso. Soy yo y nadie más. Paso como cada mañana diciendo hola al cantinero de la estación. Dos, a lo sumo tres veces me he parado a tomar algo, pero aún así le saludo todas las mañanas.
Salgo de la estación, voy despistado pisando el paso de cebra. De repente oigo un frenazo. Tengo el morro de un coche a menos de un metro. Desde dentro del utilitario blanco una chica de no más de veinticinco años me está chillando. No oigo bien lo que dice, ya que yo aún sigo absorto en mis pensamientos. Ella sigue diciendo cosas, hace una señal clara con su dedo índice en su sien. Entonces yo empiezo a reaccionar. Miro al suelo y veo que estoy sobre el paso de cebra, la miro con curiosidad y le señalo el susodicho paso de cebra. Ella baja la ventanilla y me chilla “loco, tu no me jodes la vida”. A mi me sale una breve sonrisa, y pienso “tú casi me la alegras”. Ella grita una y otra vez loco al verme sonreír. Dudo entre aprovecharme de mi “razón legal” o pasar cómo un loco. Al final opto por lo primero. Le indico que estoy sobre el paso de cebra ¿Cuántas veces habré repetido este término? Y que ella debe conducir con más moderación. Ni se inmuta, le manda saludos a mamá dándole una ocupación la cual todas las mamas del mundo en boca de alguien que no es su hijo han desempeñado alguna vez en su vida. Acabo la conversación con un gesto sorpresivo en mí: junto los dedos corazón e índice de mi mano derecha y le lanzo un beso y le guiño un ojo. Cuando me doy cuenta de lo que he hecho ella debe estar a medio kilómetro de mi.


Parpayuela dijo
Me hiciste reir.Con el comentario,y con tu post.
Y ya sabes,que no digo,lo que los demás quieren escuchar.
1 Noviembre 2005 | 10:01 PM