El parking está vacío, prácticamente vacío. Algunos coches al fondo, la desolación total. Puedo caminar tranquilamente sin tener que hacer zig-zag, sin pensar previamente la ruta más corta. Elijo o me elige a mí la perfecta diagonal, si no la interrumpe la torpeza de mis pasos. Estoy sobre donde dentro de una hora habrá un utilitario de color rojo. En él se bajará una cuarentona y como cada semana hará la compra. Leche, huevos, azúcar, carne… que más da, no lo compra para mí. Y si es una familia entera, pero eso no es posible, los niños estarán en el colegio, como mucho él, ella y la abuela. Al abuelo no le gusta ir a la compra. Ya se están increpando por quién debe coger el carrito, y la abuela mira con cara escéptica y piensa para ella misma “ya se lo decía yo, muy nervioso para ti ese chico”.

No te olvides del Danonino de fresa para Germán dice la abuela. Demasiadas porquerías toma el niño dice él. A su vez piensa “Cada mes lo mismo, tener que aguantar esto. El único día de fiesta que tengo y me tiene que tocar ir con la suegra. Cualquier día de estos el viejo la palma y la tengo que aguantar todo los días. Ahora cuando pasemos por las legumbres nos dirá que hay que comer cada semana lentejas y garbanzos. Ocho años escuchando lo mismo. ¿Qué cerveza quieres Juan? Ya sabes la que bebo, y siempre preguntas lo mismo cuando hay otra marca más barata. “Siempre me lo dice y cuando vamos a casa de alguno de sus amigos para cenar se bebe la que no quiere que compre sin rechistar”, piensa ella.

Me imagino horas más tarde volviendo de la jaula. El parking está lleno. La diagonal se ha transformado en un sinuoso caminar. Me encuentro a la pareja y la abuela. Aún siguen discutiendo. Está vez consiste en como poner las bolsas en el maletero.