Me desperté en una camilla de un hospital. Aturdido, con un incipiente dolor en la muñeca izquierda. Observé que me habían pinchado, aunque ahora llevaba una especie de tirita. Enfrente de mí escuché unas voces conocidas, pero aún no tenía suficiente visión para ver a más de un metro. “No sé que regalarte para tu cumpleaños, y eso que han pasado más de tres semanas”. “Estoy buscando una novela que tiene unos años de un escritor peruano, pero no recuerdo como se llama”. “A mi como no me preguntes por el Mundo Deportivo, de lectura no se nada más”. La vista iba mejorando. Ahora divisaba dos cuerpos de hombre, pero seguía sin reconocer las voces. Otro cuerpo abrió una cortina y los invitó a salir de aquel habitáculo. Se acercó, cogió mi brazo derecho y supongo que me tomó el pulso. Me miró y creo que se sonrió. “¿Cómo estás?” “Aturdido pero cada segundo que pasa estoy en camino de alcanzar una euforia indescriptible. A saber la porquería que me habéis metido”. “Más de la que te has metido tú, no vamos a meterte”. “¿Y el pinchazo en la mano izquierda?”. “También cuando se pincha se puede sacar algo ¿No te parece?”. “Lo que me parece es que esta conversación está tomando un cariz muy curioso, hablando de meter y de sacar. No pensaba que tendría una conversación así con una doctora. Imagino que no serás sexóloga”. “Para estar aturdido eres muy ocurrente, y un tanto grosero”. “Díselo a la porquería que me habéis metido, normalmente no suelo ser así”. “No te han metido nada, lo quieras creer o no”.

Ahora empezaba a ver mejor. Delante tenía a una preciosa mujer de entre treinta y treinta y cinco años. Bajita, una cara bellísima. Rubia. ¿Estaría en el cielo o era la entrada? Muy fina, delgada, aún así, para no pesar más de cincuenta kilos cuando movía su cuerpo, debajo de la bata blanca la cual llevaba abierta, una camiseta color gris muy pegada a su cuerpo dejaba amenazar dos hermosos pechos. “El instinto os puede”. “Y tú no lo disimulas, al contrario, yo diría que es una o dos tallas más pequeña de la que deberías llevar”. “Te repito lo mismo, muy rápido en tus respuestas”. “No volveré a repetir lo mismo, me vas a decir una parrafada técnico-sanitaria mezclada con verborrea odontológica y un gramito de humanismo trasnochado”. “Vaya con el paciente ¿Realmente tan malo está usted? “Como siga así, dentro de cinco minutos seré capaz de volver a casa corriendo y está bastante lejos”. “Esta noche no te moverás de aquí, eso te lo garantizo”.

Dio dos pasos hacia atrás y anotó algo en una hoja sujetada por una carpeta. No conseguía leer lo que ponía, pero aunque hubiese estado delante de mis narices era imposible entender la letra. Eso imaginaba yo. Como cuando iba a buscar recetas para mamá. Estaba delante del mostrador en la farmacia me preguntaba si tenían un código secreto los médicos y los farmacéuticos. Una clave imposible de descifrar para el resto de los mortales. La grafología arcana. Por un momento pensé en ella firmando los recibos de las tarjetas de crédito, o el minúsculo espacio que te dan para la firma del pasaporte o el carné de conducir. ¿Y haciendo la lista de la compra? Su marido o su novio intentando descifrar aquel conjunto de caracteres. Alzó la vista de nuevo y me miró con una sonrisa malévola. “¿Qué miras ahora?” “Intento descifrar el código oculto de vuestra escritura”. “Me suelen decir eso muchas veces, pero no gente en tu estado”. “Así que tengo un estado, estoy en un estado pero seguro que no en estado”. “Qué gracioso….”. La miré a los ojos fijamente. Apartó la vista una vez pero volvió en su desafío. Quería mostrarme quién era la dueña del lugar. Yo un número más; un suceso más. Ella no podía consentir mi osadía, mi pequeña rebelión. Una mota de polvo en su universo. Aún pienso en que tipo de expresión tuve en aquel momento. “¿No vas a preguntarme nada?”. “No creo que estés en condiciones para responderme nada. Aunque tu locuacidad me ha sorprendido. En tu situación generalmente hay silencio, abatimiento…”. “Si no fuera por el anillo de casada que llevas me sometería a un interrogatorio en otra parte”. “¿Sueles ser así con todas la mujeres?”. “No. No suelo entablar conversaciones en una camilla de hospital, desnudo, con solo este trapo tan, tan ….”. “… ¿Tan horrible?”. “Ese no era el calificativo que buscaba, pero es evidente lo espantoso que es. Además, me estas observando. Intentado sacar conclusiones en base a unos conocimientos adquiridos. ¿En que topología me puedes situar? ¿Agresivo? ¿Perspicaz? ¿Locuaz? ¿O todo a la vez?”. “Podría ser tu rabia contenida saliendo de una vez”. “¿Rabia contenida? ¿A qué?”. “Si me perdonas haré pasar a los que quieren charlar contigo”. “Sólo una cosa”. “Dime”. “¿He fallado o es una segunda oportunidad?” “¿Porqué preguntas eso?” “Me da la sensación de no ser yo mismo. En esencia sí. Reconozco este cuerpo, con todos sus defectos. Pero ahora siento que lo manejo mejor”. “Buen comienzo”.