Estaba tranquilo en aquella terraza de bar. Nos habíamos sentado unos cinco y debían llegar alguno más. La capital hacía tiempo que no la pisaba. Gran Vía con su interminable tráfico. Nosotros como turistas pagando casi el doble de lo que se paga cien metros en cualquier dirección perpendicular a la gran avenida. Charlábamos de nosotros mismos y a su vez de todos los demás. Me resultaba curioso escuchar lo mismo de cada uno pero con la jerga del lugar de dónde venimos. Qué bonito eran nuestros lugares pero cómo no perdimos la oportunidad ninguno de escapar de allí. Todo nos vanagloriábamos de nuestras costumbres, de lo animoso de la gente. Y que decir de nuestras comidas, cada una la mejor del mundo, en cambio nos conocimos en un mundo sin movernos de casa intentando huir de la rutina que nos rodea. Administrativos, bibliotecarios, funcionarios, hasta un electricista. Como pudimos pedimos fiesta en nuestros trabajos. Yo personalmente ya la tenía y cuando me anunciaron el viaje no perdí ni un segundo en reservar el billete de avión. Turista naturalmente, y volando de buena mañana para que el billete fuera lo más barato posible y además aprovechar los pocos días que duraba la estancia. Los cinco, eso sí, seguíamos las rutinas típicas, chica hermosa que pasaba y todos embobados. En eso somos todos iguales. Yo siempre he utilizado un eufemismo, soy esteta por naturaleza, y como heterosexual no encuentro nada más hermoso que ver a una bella mujer. Me da igual su procedencia; no soy como aquellos que distinguen a las orientales, las negras, las nórdicas o de dónde sea, a mi siempre me ha dado igual. Seguimos con nuestras charlas banales. Nos las hemos repetido mil veces pero ahora queremos oírlas de vuestras bocas, de las nuestras. Interpretar una coma, un punto, una admiración ¿Qué difícil resulta a veces? De lo que huimos en nuestro cada día ahora lo rogamos o suplicamos con una mirada cómplice. “A mi me sigue dando la impresión de que hay mucho niño, y además mucho pajillero”. “Lo dirás principalmente por nosotros, tres solteros y dos que sus novias los han dejado escaparse para estar con el otro”. Este último comentario instintivo fue mío. Todos rieron menos uno, me miró con cara de pocos amigos. Ahora no sabía si había metido el dedo en la llaga o intentaba mostrar su machismo incipiente. No lo supe, no lo se ni lo sabré. Qué más da. Él no estaba contento de mi estancia y a mi me parecía la suya como un grano en el culo. Viva la democracia. Yo te aguanto, yo te jodo, tú me aguantas y tú me jodes. Hasta su forma de vestir me parecía detestable. Vaqueros azules, camiseta roja con un interminable Nike en el pecho y las zapatillas a juego con los colores y con la marca de la camiseta. Su sonrisa encantadoramente perniciosa. Los demás me resultaron de lo más común. Sí, aunque uno tuviera el pelo teñido de color naranja y el otro vistiera como funcionario hasta para salir unos días de vacaciones o como se llamara lo que estábamos haciendo, le faltaba el matasellos y la cara de no me agobies que a mi me quedan muchas horas aquí. Otra ronda de cervezas y no se cuantas llevábamos. Sería la quinta o la sexta, pero daba igual, hasta que no llegaran el resto no nos moveríamos de allí. Además que se me había olvidado, hacía un día precioso. Sol y temperatura más que agradable. Se podía quedar uno toda la vida sentado, mientras que la vejiga con tanta cerveza te lo permitiese y no tuvieses que ir cada media hora al lavabo. Todo estaba tranquilo, pacífico. Todo era normal, como detesto este palabro. Todo era igual hasta que apareciste tú.