Te tenía delante y no estabas. No eras tú: Sólo una expresión gráfica de una representación tuya creada por mi imaginación. Me habías dicho la ropa que llevabas, pero por mucho que lo intentaba no podía hacerme esa imagen; la única que tenía en ese momento era viéndote subir a un autobús cabizbaja. Esa imagen se repetía en mi cabeza una y mil veces. Recordaba perfectamente el traje blanco escotado de algodón, y las sandalias doradas a juego con el color de tus uñas y tu cabello rubio. Recuerdo el color de la camiseta de la niña que subió delante de ti. Del soleado día, del calor insoportable. Recuerdo la tristeza que me embargó.

Tú estabas en tu trabajo, en tu oficina, muy lejos de aquí. Yo en casa, en el salón que pedía a gritos un plumero, una escoba y una fregona. Para mi era mucho más importante saber que ante una frase mía lo siguiente sería una respuesta tuya. El cenicero estaba rebosante de colillas, pero el hecho de no responderte en el momento adecuado me impedía levantarme a vaciarlo de una vez. Siempre pensaba en eso, en que tú jugabas con ventaja. Si yo te escribía alguna frase un tanto comprometida y tardabas en responder, siempre había la excusa de que estabas en el trabajo. No había nunca posibilidad de duda, no era permisible por mi parte y tú nunca dejaste permitírmelo. En cambio yo lo hacía desde casa y una pausa se convertía en un silencio insoportable. A partir podían llegar los temores. Qué malo era todo esto. Hablar sin hablar, escuchar sin oír, mirar sin ver. Podíamos decirnos toda la verdad y la siguiente frase ser la mentira más grande nunca oída, en este caso leída. A veces hasta no utilizábamos palabras, teníamos íconos los cuales simulaban un supuesto estado de nuestras conciencias. Mientras nos escribíamos yo no dejaba de pensar en cuanto podría abrazarte. A veces me pasaba veinte minutos sin ponerte nada y tú siempre me decías “¿En que andas?” Yo la mayoría de veces te respondía que no miraba nada, que sólo estaba pensando en ti y en mí. Automáticamente aparecía un corazón en mi pantalla. Era hermosa aquella complicidad. La tuvimos mucho mayor en la distancia más que cuando estuvimos juntos. Cuando estábamos juntos nuestras bocas eran mudas, sólo queríamos alcanzar una proximidad sublime entre nuestros cuerpos.

Si tu tarde era distendida y el jefe no te molestaba la secuencia era la misma, hablábamos de lo banal, luego de algún suceso relevante sucedido por esas fechas; más tarde nos lanzábamos los calificativos más hermosos que nunca le hubiésemos dicho a nadie y al final todas las frases consistían en como iba yo a bajarte las bragas o como me ibas a dejar de moratones mi cuello. Éramos como los niños o como los animales: nunca nos cansábamos de repetir el mismo juego. Un juego para esconder nuestra mayor desgracia, la más miserable de todas ellas, la que nunca mencionábamos directamente, alguna vez de pasada. La que nos hacía jurarnos banalmente que si nos encontrábamos en otra vida nos buscaríamos incansablemente. Aquella que había sido el inicio de nuestro encuentro y marcaba inexorablemente una fecha de caducidad la cual no queríamos saber, sólo pensar en ella nos destrozaba, llorábamos a escondidas el uno del otro. Era la realidad cotidiana que había condicionado nuestros destinos: Yo estaba renaciendo de otra persona que era yo mismo pero desdeñaba todos sus errores pasados, era como un muerto viviente intentando volver a este mundo. Y tú no eras nada más que un despojo delirando de su propio presente, de un matrimonio casi roto con niños de por medio.