Retazo Décimo
La situación era un tanto curiosa. Más de una hora deambulando buscando restaurante para comer, en un zona llena de ellos y no había manera de encontrar mesa para cinco. Para dos, para cuatro, para tres, pero no para cinco. ¿Tiene algo de maldito ese número? Y como siempre que paso algo parecido, en el lugar menos esperado, aquel por el que has pasado por delante un millón de veces y nunca le has hecho caso, asomas la cabeza, preguntas, y como te ven la cara mezcla de abatimiento, desesperación, nerviosismo y aburrimiento, te dicen: “Sí, podéis pasar”.
Faltaban dos. Los otros dos me miraban y esperaban mis historias. El pacto no escrito de complicidad: Nosotros soportamos tus excentricidades, tus cambios repentinos de humor, tu saber estar mejor que nadie el cual se puede tornar en como estropear el momento y no morir en el intento. A su vez yo debía amenizar, acompañar, aderezar toda la charla, la comida, la conversación con algunas de mis ocurrencias, muchas de mis vivencias y otras situaciones análogas a todo mi ser.
Lugar pequeño. Acogedor, nada frío, pero con el inconveniente de que cada vez que alguno queríamos ir al baño armábamos tal desaguisado que ni la entrada a Barcelona por Glorias, o una mañanita de paseo por la M-30. Me levanto yo, te levantas tú y el comensal situado detrás de ti vigilando a que tu culo no golpee en su nunca y acabe con el tenedor clavado en la garganta. Decoración indefinida. Cuadros con motivos marinos mezclados con fotos de la zona en tiempos pretéritos. Gente obrera, desarraigados, olvidados de ellos mismos y de una época más dura pero más sincera con la situación social de cada uno. Iluminación vaga, en un intento de intimidad, la que proporciona tus nalgas desafiando su cabeza. Todo esto en una mesa de cinco ocupada por tres, aunque realmente era una mesa de tres ocupada por tres a la espera del pequeño boom urbanístico-comensal-culinario. Y para enmendarlo totalmente yo estudiando la topografía del terreno en dónde podría ubicar el cenicero; en ese momento en mi mano y la mesa no tenía nada más que platos vacíos, cubiertos, copas, de estas tres llenas de vino blanco y los cubiertos y servilletas de rigor.
“Perdón por el retraso”. “No pasa nada, hay tiempo de sobras”. Esto último no recuerdo bien quién lo dijo, aunque estoy convencido que de mi boca no salió, el tercer o cuarto cigarro acechaba a mis pulmones. Bolsas de compras para hiperbolizar el espacio reducido. Miradas inquisitivas por parte de los otro comensales, humo de mi cigarro hacia sus mesas, sonrisas cómplices vuestras y más vino blanco en la boca, en la garganta y en nuestras cabezas. No me miréis más así. Vanos intentos por escapar de esta cárcel y vuestras miradas no son de desaprobación, de culpa o de desengaño. “¿Cómo estás?”. “Explorando el universo que me han impuesto, aunque recuerdo que tú ocupabas el otro y también habíamos ido a comer los cinco juntos”. No supisteis si reír o llorar. Nunca se me olvidará vuestras caras, tampoco la celeridad con la cual pedí más vino para nuestra mesa.


Tina dijo
Cómo me ha recordado... a las innumerables cenas con amigos... detalle a detalle...
Sencillamente genial...
Besitos!
27 Noviembre 2005 | 08:00 PM