Habíamos intercambiado miradas justo después que fuéramos presentados. La atracción era mutua. Manteníamos conversaciones las cuales eran para los dos totalmente triviales. Es curioso, meses esperando conocer a toda esa gente, nosotros hasta ese momento no éramos más que toda esa gente el uno para el otro, y sólo vernos los demás no importaban nada. De nuevo repitiendo lo que nos habíamos leído una y mil veces, buscando la carcajada personal, para ver si era tan real como detrás de la pantalla. Agonizando unos parámetros establecidos para no saber realmente que había detrás de toda la máscara, la que todos llevábamos puesta. Los dos intercambiando sonrisas, y esperando movernos de allí para poder conversar ¿De qué?

Desde el primer momento tú sabías lo que quería de ti y tú de mí. Esa idea de preámbulo, de reconocimiento, un instinto muy animal. El cortejo, el baile de salón. A veces alguna pregunta nos cogió de improviso. Estábamos absortos el uno por el otro. Hasta alguno nos hizo subir los colores con comentarios de tipo “Qué callados están estos dos”. Mi reacción como siempre peor no pudo ser. Empecé a hablar, a hacer reír, a atacar, a provocar el ataque de los demás sobre mis debilidades, algunas conocidas, otras de reciente aparición, la mayoría inventadas. En el momento que mi mirada se aproximaba a ti de soslayo, tú estabas en otra parte, inerte, inalcanzable. Demasiado fugaz para mi atención. Y a su vez tu actitud requería más de la mía. Gritabas en silencio: “Estás por mi o por los demás”. Yo no sabía permanecer circunspecto ante todo ello. O era la reina de la fiesta o repartía las copas. Tú me pedías que marchara de aquella fiesta y me fuera a la tuya. Sin haber cruzado dos palabras y ya era presa fácil. ¿Ensayando tu atracción? Dos ausencias más como aquella me hubieran derrotado fácilmente en el pasado, pero esta vez no se equivocaron, eso no formaba parte de mi antiguo yo, y este nuevo, aceptaba con resignación admirablemente disimulada cualquier reto. Jugamos. Yo pierdo, pero vendo las derrotas de forma muy cara. Empiezas ganando. Por supuesto. Pero no te dejo descansar ni un minuto. ¿Te extraña la debilidad de mi mirada? A mi también pero es la identidad propia. Muero, pero dejo malherido al oponente. Nadie te regala nada. Menos yo. Caigo. Te arrastro en la caída. Yo pereceré pero mis huellas serán muy profundas. Vuélveme a destrozar con tu mirada, y me encontrarás ahí, impertérrito ante los demás. Desnudo, débil, tiritando de frío en espera de tu calor.

No esperamos más. Pagamos y marchamos todos hacia otro lugar. En el camino aún estamos más ausentes el uno del otro. Es la vigilia. No hay vuelta atrás. Cargamos las armas directos hacia la derrota. No pasan ni cinco minutos en los que nos encontramos completamente solos:

-No me vuelvas a hacer esto, me dices.
-Tú a mi tampoco.

Y te beso dulcemente.