Identificación, desconexión. Las paredes se mueven. Sentado en el sofá, mirando cuadros, fotos, discos, libros. El pasado de otro. Alguien demasiado reconocible. Me reía por dentro y seguramente tenía un semblante serio. Me gustaban demasiado sus discos, y me había leído todos los libros de sus estanterías. Inclusive recordaba mi estancia casi perpetua delante del original del que venía la réplica con que dudoso gusto habían enmarcado y colgado en el salón. Hasta me parecía mucho al que salía en una foto abrazado a una chica en una playa paradisíaca.

Me quedé sin tabaco, pero por un acto reflejo me levanté y abrí un cajón y encontré un paquete de tabaco de la marca que fumo habitualmente. Extraño, curioso. Era yo sin ser yo. Ver recuerdos de alguien que había ocupado este cuerpo. Aquel el cual sentía los mismos dolores físicos. Hacía los mismos gestos. Hablaba sin mirar a la cara. Ahora pienso si cuando hablé con la doctora la miré a la cara. Supongo que sí, era demasiado guapa para no hacerlo. Lo recuerdo todo, y no sé de donde viene absolutamente nada. Poner un disco ¿Cuál? ¿El que me transportaría tiempos adolescentes? ¿Hojear un libro? Demasiadas conjeturas. La elipsis era demasiado grande. Al menos no paraba de repetirme esas palabras en mi cerebro. ¡Qué gran desconcierto! Andar un camino nuevo, y los pasos ya han sido dados. Al final he puesto un disco. El paso del tiempo y todos sus asquerosos delitos, otra vez me está poniendo triste.

Otra vez sentado ¿Qué hacer? No tenía hambre ni sed. No paraba de fumar, en eso nos parecíamos demasiado. El otro y yo. ¿Tanto era el parecido? Hasta me resultaba desagradable. Me desdeñaba sin darme ni una oportunidad. Realmente, mi otra versión era más amable, más benevolente. Pero no te olvides de las canciones que te han hecho llorar, ni de las canciones que te han salvado la vida. Me empezaba a sentir cínico conmigo mismo. Nada más estaba diciendo adiós. Un largo adiós. “Gracias y hasta nunca. Te recordaré siempre, pero no creo que nos volvamos a ver, aunque coincidamos cada mañana en el baño, delante del espejo. Si me cortase afeitándome tú lo sentirías, pero si empezase a amar el desencanto, la risa, y las mañanas en la estación, ese no serías tú. Así que adiós, no reniego de ti, pero no te reconozco.”

Me levanté y me abrí una cerveza. Primer paso. La belleza me prohibió terminantemente la ingestión de cualquier tipo de bebida alcohólica, pero lo más urgente, lo más apremiante era no hacer caso a quien intentará privarte del placer. Por muy efímera que fuera. Goodbye and thank you