Retazo décimo quinto
No estábamos demasiado seguros del resultado de todo aquello. Yo sin problema alguno, ningún compromiso. Ataduras, las que marcaba mi propia existencia anodina. Tú en cambio debías inventar algo. La ausencia por motivos laborales era lo más lógico, lo más comprensible, también lo más sospechoso.
Intentaba empatizar con él. Mi enemigo. Aún no sabía que el verdadero enemigo rondaba mucho más cerca. Me hablabas maravillas de él. Lo dulce, lo amable, lo cariñoso que era. Cómo se desvivía por ti y por los niños. Atento, hacendoso, te mostraba que su mundo empezaba por vosotros y acaba en él. Entonces entraba mi insensatez en juego. Te preguntaba constantemente que pieza del tablero me correspondía. La reina eras tú. Decir un peón, una ofensa. Quizás un alfil en una diagonal, esperando a que pasaras por ella y que cayeras bajo mi influjo. Yo más bien siempre he considerado mi vida como un caballo. Movimiento extraño, saltando de un lugar a otro, sin tener en cuenta el poder pasar por encima de unos y otros. Si tan maravilloso era, me intrigaba mi existencia en tu vida. Tus silencios me acuchillaban. Se desvivía por ti y lo comprendía. Yo también lo hacía. La materia de tus sueños irradiaba por todos tus parajes. No eran tuyos ni suyos. Yo llegué a creer que serían míos. Aún me pregunto si alguien los ha alcanzado.
Las fechas no eran problema alguno, al menos en mi caso. Tú le dabas vueltas constantemente. Cómo explicar que en aquella ciudad de provincias se hacía un congreso en el cual tú no podías faltar. ¿Y si el llamaba algún día a tu oficina? Miedo igual a excitación. Cuanto más peligroso se tornaba más dudas te llegaban y paradójicamente más ansias te entraban. Pasabas a decirme que era imposible, y en dos minutos tenías el hotel, los precios de las habitaciones y el medio de transporte más barato para llegar allí. Me explicabas las ganas que tenías en abrazarme, en amarme. Yo sólo te repetía constantemente “y yo a ti”. Mis cantos se revelaban a los dioses y ellos desde aquel momento entraban en envidia. La más bella, la más intocable caería entre mis brazos. Sustancia prohibida del universo. Quería conquistar el tuyo, pero me darías la pasión, el desencanto. Todo lo inaccesible para él era mío. Todo lo ganado por él me era quimérico. Usurpando, destruyendo, y creándote de nuevo. Mientras fuera nuestro secreto, el mundo discurría paralelo. Nuestras mentiras alimentaban nuestras pasiones. El azar se tornó en nuestro compañero. La mentira en nuestra vigía. Ahora éramos mejores que nadie, pero sabíamos lo que representábamos, una puerta trasera en un espacio inconexo, tú con tu mundo, yo buscando el mío.


Tina dijo
Dice una canción... Ser peón de negras... es lo más chungo en ajedrez...
Aunque tumbados fuera del tablero... no hay clases... ni reina... ni rey... ni alfil... ni peón...
Besitos...
18 Diciembre 2005 | 04:25 PM