Me paré a pensar un rato todo lo que me habías dicho. Infeliz de mi, el cual ya había planeado una segunda cita y tú me dijiste que era imposible. Las excusas iban desde el malestar de tu marido hasta la visita imprevista de unos familiares. Yo naturalmente te mostré mi cara más amable. Intentaba que no notaras mi abatimiento, y mucho más tarde supe que no lo notaste porque no te importó.

La situación era bien simple. Yo caía inexorablemente bajo tus redes y a ti eso te resultaba aburrido. Mi antiguo yo te hubiese llamado gambito de dama. Es una apertura muy conocida en ajedrez. Las blancas ofrecen un peón en el segundo movimiento de la apertura para después recuperarlo. Debilitando el centro de las negras, aunque dejando a estas una pequeña ventaja en el flanco de dama. Así mismo me veía yo. Era el peón sacrificado y a su vez jugaba con las negras. Después lo recuperabas y me dejabas esa minúscula ventaja, la cual sólo servía para ver todas las debilidades y mentiras que te perseguían. La cuestión estribaba en que si yo quería aprovecharlas y si quería seguir con la partida.

El quinto cigarro me hizo clasificar todos lo movimientos por mi realizados y contrastarlos con tus comentarios, guiños o mensajes. En los últimos días había notado cierta complacencia hacia algunos de mis gestos que nunca soportaste. Era claro, confundía complacencia con displicencia. El ser auto destructivo que albergabas en tu corazón estaba engranando la maquinaria, pero cometió un gran error, no tuviste en cuenta de donde yo venía, a quien habías dado alas torpemente, y mis fantasmas en un momento u otro debían aparecer de nuevo, por última vez, para inflingirme el último castigo y no volver a saber de ellos nunca más, pero que no los olvidara nunca. Tenían que convertirse en un estigma el cual sólo tú y yo reconoceríamos, tú la herida, yo la infección. La gangrena empezaba a correr velozmente y aunque ninguno de los dos lo admitiésemos la amputación era inevitable, más aún, necesaria. Llegó el proceso en el cual nos íbamos a odiar mutuamente. Tú a mi, y yo a mi mismo. En eso somos diferentes. Yo me he llegado a odiar mucho y lo acepto como parte de mi mismo. Tú en cambio te odias a ti misma, pero nos utilizas a los demás para reconocer ese reflejo.