Todo se resume en un plato de lentejas. Lentejas con chorizo, o como las llamo yo lentejas terroristas. En vez de poner el chorizo cuando ya he echado el agua, siempre lo sofrío. Me han dicho muchas veces que ese, y alguno otro más, es el motivo para que me salgan unas lentejas tan fuertes. A mi me encantan. Pero es obvio que en cuanto empieza a hacer un poco de calor, tengo que olvidarlas hasta el otoño siguiente. Recuerdo una vez que aún siendo principios de marzo, amaneció un día frío, pero en cuanto el sol alcanzó su magnitud máxima, el calor hizo su presencia. Para ese momento, las lentejas estaban ya en la olla. Naturalmente el chorizo las acompañaba. Cuando llegó mi ex compañero de piso a comer, ya me miró con cierta cara de extrañeza. Cuando acabamos de comer, los dos bebimos cantidades ingentes de agua, y hasta llegamos a sudar.

Con un buen vino tinto, y pan. Comer según que platos sin pan debería estar reflejado en el código penal. Después llega una pesadez de la gravedad terrestre, que adquiere un significado maravilloso si se tiene un sofá bien cerca. El sopor te hace caer en un estado cata tónico insuperable. Llegar a la frontera de la realidad con el sueño es fantástico. Mezclar pensamientos hermosos con la voz lejana, aunque la tele la tengas cerca, de las noticias, es una experiencia única. Esta tarde me ha pasado que mientras caía en el sueño mezclaba recuerdos no sé si imaginados de peleas con mis hermanos jugando a fútbol, con las declaraciones del entrañable, a mi se me hace entrañable su cinismo estúpido y hasta infantil, de Angelito Acebes (Si alguien se siente ofendido se lo puedo explicar por correo electrónico gustosamente). La yuxtaposición de imaginación con realidad, por cierto sólo han sido dos vasos de vinos, por si alguno se piensa que me da por empinar el codo, hace que con el tiempo algunos comentarios se te adhieran en la mente con la impronta de una verdad que supera a la propia realidad. Algunas cosas que recuerdo se que son mentiras, pero hasta ciertos personajes tan pintorescos, y tan lejos de mi ideario no sólo político, pase a formar parte de un catálogo de imágenes y sonidos que llevaré siempre. Eso sí, algo le debo a los muñecos del guiñol. El subconsciente siempre funciona.