Me senté esperándome de nuevo. Hacía tiempo que me quería encontrar conmigo mismo. Sentir el cinismo y la alegría que me acompañaron durante mucho tiempo. El sol de Febrero en la playa siempre lo agradecí mucho. Contemplaba el romper de las olas, aquellas que de niño me cautivaron y me dijeron vas a ser marinero de mayor, y a mi edad, pasada la treintena aún no había aprendido a nadar. Otro proyecto más sin realizar, otra hipotética vida más sin llevar a cabo. Solo en un lugar inhóspito para tales fechas me daba más calor que cualquier estancia concurrida. Llevarme por los pensamientos, por los recuerdos más agradables, por ciertas vivencias, por las bromas, por mí mejor yo. Era recaudo para pasar un buen día. Otro cigarro y otra mirada perdida en el horizonte. La sonrisa sin abandonarme. No podía ser de otra forma.

Aquel lugar había sido elegido hacía muchos años. Todo empezó hace… ya ni me acuerdo, una noche de verano. Cinco chicos púberes con el sexo en la epidermis. Desnudos en la playa mientras dos muchachas reían sin parar para disimular sus miedos. Nosotros bebíamos y entrábamos y salíamos del agua una y otra vez para disimular los nuestros. La prueba era quien sería el primero en sentarse en las toallas junto a las muchachas. Con un torpe disimulo mirábamos nuestros miembros encogidos por el nerviosismo y la temperatura del agua, y el sonrojo no se delataba entre tanto ajetreo. Mi querida insensatez volvió a jugar de nuevo y caí el primero en la trampa. Ellas me miraban y percibí el primer encanto, no noté ninguna caída en sus ojos hacia mi flácido pene, mi diminuto pene. En esos momentos lo agradecía, ahora lo maldigo entre mis propias risas. Comentarios sobre el agua fría, las cervezas bebidas y la insistencia de las dos en repetir un nombre. Nombre el cual no era el mío.

Como siempre estaba la más guapa y la amiga. También como siempre, pero pasado mucho tiempo, en una personificaba la sensatez y en la otra la belleza. Malos perdedores estamos hechos todos. Tantas caídas y vuelta a levantar. Querían cierta complicidad conmigo para ganarse al otro. Sobrábamos cuatro, o nos quedaríamos alguno con la peor parte del botín. Mejor que ninguna, o mejor que todas. La más agraciada apenas me hablaba. Conocía perfectamente cual era su cometido, del cual no formaba parte yo, pero mi insistencia, sí, esa que nunca había dado fruto me decía que no, que no cejara en el empeño. Pero las cartas estaban echadas. Ni la bella, ni la amiga. Yo era otra “amiga”. Sólo un simple complemento. Un aderezo en el plato. Aún cuando pienso en ello, no creo que ni tuviera el valor de unos gramos de pimienta. Así y todo, como siempre, las situaciones cambian en un abrir y cerrar de ojos. La presa se sentó también. Conocía bien el reclamo. Yo no tuve más remedio que mirar a los ojos de la amiga, y no me engañaron. Tendríamos que pasear un rato, y ella decidiría si estaba invitado a la fiesta. Nos levantamos pero llegó otro y la muchacha se alejó de mí. La imagen era perfecta. Unos seguían jugando. Otros besándose. Y yo, como si no. Siempre hemos estado juntos, y empezamos a soportarnos, hasta gustarnos. Será cosas de la edad. Nunca mejor dicho.