Llega carnaval y yo no me disfrazo... o sí.
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Llega carnaval y yo no me disfrazo. Bueno, un par de gamberras que corren por este mundo de unos y ceros me tienen asustado y me parece que este año se acabará la tradición de no disfrazarme.
Todo esto se remonta a cuando yo estudiaba cuarto de EGB. (Pues sí, ya tengo unos cuantos años). Resulta que yo me metí entre ceja y ceja el disfraz mas original, el cual no lo era, de toda la historia del mundo mundial. Quise disfrazarme de chino. Tenía mi hermana unas zapatillas que daban el pego, la cuales apenas me cabían. Yo un pijama que pasaba perfectamente por el traje de un campesino chino. El gorro típico me lo hice con cartulina. Y por último, con el palo de una fregona, con unas cuerdas y con cartulina también, hice el artilugio, o como se llame, en el que llevan el grano, el arroz o lo que se precie.
En aquella época yo tenía un gran amigo. Mi primer gran amigo. Lo seguimos siendo pero hace tiempo que no nos vemos. Yo como siempre, hablo hasta debajo del agua. Le explicaba las ideas, el proceso, y todo lo que concernía al disfraz. Estuve unos días que todo mi mundo residía en el carnaval. Primero iría al colegio, y después, el fin de semana pasearía por mi pueblo con él. Huelga decir que pasé un frío impresionante.
Desde un principio yo le pregunté de que se iba a disfrazar. Él siempre me decía: Es una sorpresa, lo guardo en secreto. Yo presumiendo de ser su mejor amigo le dije que a mi me lo podía decir, que yo lo guardaría. Pero siempre obtuve una negativa por respuesta.
Como he descrito antes, el traje no tenía mucha complejidad, pero lo hice yo solito. Mi nula traza con las manualidades, supusieron la compra y desperdicio de muchas cartulinas, y en eso mi madre no estaba muy de acuerdo. Lo fácil hubiese sido comprar un traje, pero la economía en casa no estaba para los caprichitos del niño.
Mis hermanos, mis queridísimos hermanos, como siempre hicieron gala de su crueldad. Desde la broma típica que consistía en decirle a mi madre que yo sólo comería arroz, hasta que se me iban a congelar las partes impúdicas yendo sólo con esa ropa. En este punto, era mi madre la que mostraba más reticencias, y naturalmente el disfraz me lo puse en los lavabos del colegio.
Llegó el maravilloso día. Lo recuerdo como si fuera ayer. Salí de casa para ir al colegio, con las zapatillas y el pijama en una bolsa. El sombrero en una mano, con mucho cuidado para no romperlo. Y con el palo de la fregona y otra bolsa con lo que le iba a atar. Una profesora mía, con un lápiz de ojos viejo, el cual tuve que negociar la requisación una y otra vez con mi madre, me hizo un intento de simulación de ojos rasgados.
Salí del lavabo muy contento. Pensaba que llevaba el traje más bonito de todos. Y cuando entré en mi clase llegó el desastre. Vi a mi mejor amigo con un traje de chino igual al mío. Mentira, mejor que el mío. Recuerdo que casi se me saltan las lágrimas. Se apoderó de mi la rabia y la indignación. Recuerdo que él no se atrevía a mirarme. Yo me senté en mi silla y cuando la profesora nos dijo que saliéramos todos al patio yo me negué en redondo. La profesora me preguntó el porqué, y yo le expliqué todo lo que había pasado. La traición, la ira, y todo lo demás que se me acumulaba.
No quise salir el fin de semana disfrazado. Mis hermanos se rieron de mi todo lo que quisieron y más. Y naturalmente yo no he querido disfrazarme nunca más. Además de que en mi “queridísimo” pueblo, los carnavales no compiten precisamente con los de Cádiz, Canarias o Río de Janeiro.


La mala malísima menor dijo
¿Pretendes con esto darnos pena? Me parece que este año se te acaba la tradición...
21 Febrero 2006 | 08:27 AM