La entrada no pudo ser más contundente. Botas de tacón interminable, de un marrón oscuro que contrastaba con el azul de los vaqueros. Estos eran nuevos, yo diría recién estrenados para la ocasión, aunque estaba viendo el escaparate de la tienda de moda italiana con un letrerito que no bajaba la cantidad de los trescientos euros, el color desgastado ya hacía mucho que se inventó. Chaqueta de color marrón claro y el pelo cobrizo a juego con un bronceado entre sesiones de rayos uva y el agotamiento de las primeras tardes de sol primaveral. Mucho maquillaje pero casi invisible.

No fuimos ni uno ni dos ni tres los que miramos absortos. Casi todos. Hasta el marido de la inmensa señora que intentaba embaucar al empleado de la compañía aérea para que su hijo consiguiera la tarjeta de embarque sin el DNI. Ella ni se inmutaba. Detrás de las enormes gafas de sol, por supuesto de la misma marca que los pantalones, aunque he de reconocerle un fallo, o no lo es, quien sabe. La maleta era de la compañía en la que volábamos. ¿Azafata? Lo dudo, no tenía los gemelos típicos de estar horas y horas de pie aguantando a personajes como ella, y como yo, para que engañarnos.

Detrás de mi llegó con un histerismo casi poético una mujer de cuarenta a lo sumo. Dos niños la acompañaban y ninguno se le parecía. El pequeño callado, el mayor corriendo por la terminal de un lado a otro. La madre, eso lo acabé de deducir al segundo sonoro grito del nombre de pila del niño, nos miraba con cara de compasión para que la dejáramos pasar. Eso naturalmente no estábamos dispuestos a que sucediera. La señora inmensa en ese momento miraba a la madre con cara de reproche indicándole que guardara la compostura con la mirada, y yo a su vez con una carcajada le replicaba a ella en su actitud de querer incluirnos a todos en su reclamación absurda de la in documentación de su hijo. En ningún momento ella se giró para mirar todos los espectáculos dantescos que la rodeaban. Sabía perfectamente quien era la reina de la fiesta.